Muertos de Miedo.

 

El miedo que los condujo

Expulsados del hogar por el miedo a la asfixia que produce el hacinamiento urbano, expulsados del espacio público por su escasez y por el miedo al territorialismo usurpador, lo mismo de grafiteros que de ambulantes o vienevienes, así llegaron al antro, hartos de sentir miedo:

Miedo a algunos de sus maestros, rostro de la precariedad de nuestro sistema educativo, incapaz e intransigente.

Miedo a las propias aspiraciones y a las ajenas, que pretenden obligarlos a tener, antes que permitirles ser.

Miedo de que el orden impuesto les congele el ánimo de vivir.

Acotados por el hartazgo y empecinados en expulsar todos sus miedos, decidieron abandonarse al desmadre, a esa clase de caos reivindicatorio, exorcista de los internos demonios.

 

El miedo que los mató.

La música, el alcohol, los olores y las mágicas palabras altisonantes lograron, aunque fuera por un instante, ahuyentar a los demonios; pero, solo se escondieron más adentro, agazapados, esperando el conjuro liberador que les permitiese volver a su parasitaria tarea: sorber la razón de sus portadores.

El conjuro llego desde el micrófono por los altavoces; El desmadre protector se desvaneció abruptamente ante una única palabra: ¡Operativo!. En tropel, los miedos personales configuraron el pánico:

Pánico al policía, a ese que puede insultar, golpear y vejar impunemente, según queda en el imaginario compartido, integrado por múltiples registros gráficos que la tele nos repite una y otra vez.

Pánico al ministerio público y su corte de leguleyos que, cuál aves carroñeras, pululan alrededor de los escasos patrimonios de los más desprotegidos.

Pánico a los jueces, esos oscuros alquimistas de la ley, capaces de transformar el derecho de unos en el oro de otros.

Pánico a los jueces supremos, de supremas cortes, que, tras profundísimas cavilaciones, casi místicas reflexiones, propias de esotéricos sacerdotes, adquieren la capacidad de tazar las violaciones a los derechos humanos, según criterios cuantitativos, y exhalan sentencias que nos iluminan respecto de la existencia de violaciones chiquitas.

Perseguidos por las dentelladas del pánico, con la razón extinguida, la puerta pierde sus dimensiones y se transforma en LA SALIDA; pero, el operativo también espera afuera. ¿Escapar o refugiarse?, la duda asfixia.

 

El miedo que nos heredan.

Un zapato abandonado siempre me provoca una profunda sensación de ausencia, pues estoy casi cierto de que su dueño ya no lo necesita más; en este caso, aquellos pies ya no tendrán miedo de andar nuestras peligrosas calles ni de sentirse alcanzados por operativo alguno; Sin embargo, el miedo no se fue con ellos, se ha quedado con nosotros, nos realimenta, nos refleja, nos cuestiona.

¿Cómo evitar que el miedo nos conduzca, como país, a salidas peligrosas?; ¿Cómo evitar que el miedo nos imponga amenazas imaginarias y nos impida ver los peligros reales?; ¿Cómo dejar de temer a derechas voraces o izquierdas reaccionarias, a criminales organizados o electos?.

El hombre, una vez que ha rendido la razón, carece de protección contra las estupideces más monstruosas, y como un barco sin timón se halla a merced del viento.

James Smith

 

F.Crisóstomo.

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