DEL DICHO AL HECHO… LOS NÚMEROS LLENAN EL TRECHO.

En los Estados despóticos se es tan desgraciado que se teme a la
 muerte sin amar la vida. Montesquieu.

El plomero.

En consecuencia de las previsiones de escasez de agua en el Valle de México, decidí implementar una solución que me permitiera una reserva mayor de agua y un sistema de bombeo eficiente. Para ello diseñe las modificaciones necesarias y llame a un plomero cercano a mi domicilio. Llegó al día siguiente, muy temprano, me escuchó mientras yo le explicaba mi proyecto, me pidió tiempo para hacer una inspección, algunas mediciones y presentarme una propuesta.

El costo de su propuesta me sorprendió, rebasó por mucho mis propios cálculos; para no buscar las diferencias en su escrito, le pregunté directamente la razón; su explicación fue simple: Había que remplazar toda la tubería, porque de no hacerlo se corría el riesgo de que la nueva bomba se quemara o la tubería reventara. La convicción con que me explicó sus razones me despertó algunas dudas, le agradecí su tiempo y le pedí que me dejara considerar su propuesta.

Me di a la tarea de revisar mis cálculos; consulté manuales de construcción, hojas de descripción de resistencia de materiales, revisé mis fórmulas, llamé a un proveedor de bombas y le hice las preguntas pertinentes. El riesgo mencionado por el plomero era prácticamente inexistente y no había necesidad de cambiar la tubería, tal vez, me dijeron, habría que cambiar de plomero.

No quiero pensar que el plomero haya actuado con dolo, estoy seguro de que él creía firmemente en lo que me dijo; no sabía, pero sí creía y yo estuve a punto de contagiarme de su creencia.

Los expertos.

Múltiples voces de expertos han propagado la imagen de un México en guerra, de un México violento; Estoy seguro de que no actúan con dolo; que igual que el plomero, sus opiniones surgen de una profunda convicción; ellos creen firmemente en lo que dicen.

Independientemente de que sus opiniones arrancan un círculo vicioso que ahuyenta las inversiones, reduce los empleos e incrementa nuestra percepción de inseguridad, la mayoría de las veces están sustentadas en su, nunca despreciable, experiencia, pero no soportan el tamiz de los números.

En la revista NEXOS de Septiembre, Fernando Escalante Gonzalbo analiza el fenómeno de la violencia en México desde la perspectiva de las cifras más duras: la frecuencia de homicidios de 1990 al 2007, registradas por el INEGI (El homicidio es un indicador de violencia que prácticamente no contiene cifra negra, hay cadáveres y actas de defunción con los cuales certificar los números). En seguida algunos de sus hallazgos:

  • La tasa nacional de homicidios pasó de un máximo de 19.72 (Homicidios por cada 100,000 habitantes) en 1992 a un mínimo de 8.04 en 2007.
  • La disminución de la tasa nacional en el periodo obedece, fundamentalmente, a una disminución en el número de homicidios en el Estado de México, Guerrero y Oaxaca.
  • En Baja California, Sonora, Chihuahua y Sinaloa la tasa de homicidios aumenta a mediados de los años noventa, y se mantiene por encima de la media nacional desde entonces.
  • Aumenta significativamente el peso proporcional de los estados de la frontera norte (en particular, Baja California, Sonora, Chihuahua y Tamaulipas) y disminuye en los estados del centro y sur del país (sobre todo del estado de México, Oaxaca y Guerrero).
  • En las ciudades fronterizas de más de 20 mil habitantes, tomadas en conjunto, aumentó el número y también ligeramente la tasa de homicidios entre 1990 y 2007.

Para poner en contexto las cifras, el autor recomienda considerar un estudio de Naciones Unidas (2003), que clasifica las distintas regiones del mundo a partir de la tasa de homicidios: por debajo de 5, están la Unión Europea y los países árabes; cerca de 10, Europa del Este; alrededor de 20, el África Subsahariana; y con las tasas más altas América Latina, con un registro de entre 20 y 25 homicidios por cada 100 mil habitantes.

En América Latina, podemos distinguir tres áreas, el Cono Sur (Argentina, Chile y Uruguay) con tasas cercanas a las de Europa, de entre dos y cinco; la región andina y amazónica, donde Colombia, Venezuela y Brasil destacan con entre 20 y 40; y Centroamérica, donde El Salvador y Guatemala llegan cerca de 50. México se sitúa por debajo de Centroamérica y la región andina y por arriba del Cono Sur.

Convendría que, quienes aseguran que la violencia en México es peor que la que desatada en Colombia en los noventas, pusieran atención a la estadística de homicidios de la Policía Nacional de Colombia, que registra 24 mil 304 víctimas en 1990, 28 mil 280 en 1991, y en 1992 alcanzó las 28 mil 225; en México, para 2008, se registraron seis mil 290 homicidios atribuibles al crimen organizado.

Entonces, ¿por qué, si los homicidios han ido en disminución, la percepción de violencia ha crecido?; Muchas y muy diversas pueden ser las respuestas: los homicidios son más espectaculares; existe un propósito implícito de aterrorizar, más que de aniquilar; la incidencia se concentra en algunas ciudades; la difusión en los medios produce un efecto de inmediatez; nuestra sensibilidad ha cambiado.

Así que, más que pedir opinión a los expertos, deberíamos concentrarnos en requerirles cifras y en evitar que utilicen la información disponible para hacerla encajar con sus propios modelos mentales.

Sin duda tenemos un problema de violencia, pero una medición desproporcionada puede dar lugar a respuestas desmesuradas que, antes que resolver, podrían agravar las circunstancias.

 

F. Crisóstomo.

 

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