CUARTO PODER

El buen ciudadano es aquel que no puede tolerar
en su patria un poder que pretende hacerse superior a las leyes.
Marco Tulio Cicerón.

 

El reloj en mi pantalla marca el primer minuto del 22 de diciembre de 2012, ninguna de las predicciones desastrosas ha ocurrido; los mayas no han fallado, el gran cambio sí está ocurriendo.

Dos años atrás habría sido impensable; tan poderoso como KUKULKAN, el cuarto poder ha emergido, esta vez no de las aguas, sino de los corazones que, cansados de ser amedrentados, recuperaron el valor. No fue la alineación de los astros, sino la alineación de las voluntades de cada ciudadano lo que lo impulsó. Comenzó como un susurro en medio de la vorágine producida por la violencia descarriada de unos, la ambición desmedida de otros y la indolencia de los más.

A fines del 2010, los primeros vestigios de armonía: los jóvenes universitarios volvieron a subir a los vagones del metro y a los camiones para leer los primeros panfletos, luego fueron alcanzando a las comunidades más lejanas para iluminar las mentes, avivar los espíritus y rescatar la esperanza.

En la primavera del 2011, las plazas de todas las ciudades del país se vistieron de blanco, el diagnóstico fue contundente: Ninguna mejora sería posible, a partir de las estructuras políticas vigentes, pero tampoco se alcanzaría beneficio alguno por la vía de la demolición del entramado institucional.

El Poder Ejecutivo ya había alcanzado temerarias escalas de vileza; la utilización visceral de los instrumentos de violencia del Estado -desde la procuración de Justicia hasta las fuerzas armadas- venía dejando una estela de injusticia e impunidad; las armas que deberían defender a los ciudadanos se volvían contra ellos. El Poder Legislativo, mucho tiempo atrás, o desde siempre, había dejado de representar los intereses ciudadanos, destilaba cinismo y voracidad; izquierdas y derechas se fundían en el único propósito de acceder al poder y a los jugosos presupuestos; el Poder Judicial, no atinaba a encaminarse hacia el supremo valor de la justicia; entrampado en tecnicismos se declaraba imposibilitado para emitir juicios éticos.

Entonces surgió la idea básica, necesitamos un cuarto poder: Uno, capaz de volver los derechos fundamentales al centro de la gestión gubernamental; Uno, capaz de garantizar la transparencia en el ejercicio de los bienes públicos; Uno; capaz de garantizar la rendición de cuentas; Uno, capaz de garantizar la democracia, logrando que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro, ni ninguno tan pobre que se vea necesitado de venderse, según lo había previsto Jean-Jacques Rousseau; Uno, capaz de evitar que la procuración de justicia o la fuerza pública fueran usadas para infundir temor y, por ello, someter la voluntad de los ciudadanos.

Entonces todo fue claro, la CNDH, el IFAI, la Auditoría Superior de la Federación, La Secretaría de la Función Pública, y el IFE, acumulaban la estructura, la capacidad funcional y el capital humano para llevar a cabo el gran propósito; lo más difícil sería arrancar de las manos del Ejecutivo a la procuración de justicia. El proceso no fue fácil, pero, nuevamente, la ciudadanía tomo las calles pacíficamente y no dejó alternativa ni lugar a dudas, el cuarto poder se consolidó. Con el arduo trabajo de los intelectuales y académicos del país, la propuesta de Reforma del Estado se concretó y aprobó, apenas a finales del año pasado.

El entusiasmo logró contagiar a funcionarios y empleados del nuevo Poder Ciudadano, lo que facilitó una rápida transición institucional; trabajaron de día y de noche, sin reclamar el pago de horas extras; desde entonces, muchas cosas se han ido clarificando; se han desvanecido los enconos, la confianza en la justicia se ha posicionado por encima del deseo de venganza. Las recientes elecciones presidenciales han sido las más concurridas de nuestra historia; los periódicos destacaron este hecho, por encima de los nombres de los candidatos y partidos ganadores. La polarización prácticamente desapareció; a casi nadie le importa quién habrá de gobernarnos, confiamos en que el Poder Ciudadano evitará que su maldad o incompetencia nos causen tanto daño, como en el pasado. Ese ha sido el más grande de los acuerdos.

La frase ha sido grabada en todos los edificios públicos; en muchos de los hogares, los primeros panfletos han sido enmarcados y ocupan un lugar especial; no se ha podido corroborar, pero hay rumores de que alguien la grabó en la silla presidencial; lo que sí sé, es que la mayoría de los oficiales de nuestro Ejército la han mandado grabar en sus espadas y algunos soldados han hecho lo propio en las culatas de sus fusiles. En lugar de eso, yo puse en mi salvapantallas el texto del artículo 49 de la nueva Constitución: “El Supremo Poder de la Federación se divide para su ejercicio en Legislativo, Ejecutivo, Judicial y Ciudadano”.

Cuatro minutos después, no hay noticias de desastre alguno; afuera, en las calles, algunos están de fiesta, otros de rezo; unos aún celebran la antepenúltima posada, otros agradecen que el anunciado desastre haya sido un mito más; creo que me tomaré un tequila…

… antes de despertar.

 

F. Crisóstomo.

 

NOTA:

La frase: “¿Cómo lograr que la maldad o incompetencia de nuestros gobernantes nos causen sólo el mínimo daño?”

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