MENTIRAS VERDADERAS

La verdad es muchas veces así: “parece mentira”, quizá para equilibrar
en la balanza de la vida a tantas mentiras que parecen verdades.
Amado Nervo.

 

Hace unos cuantos días, fui invitado a una reunión de revisión de un estándar; el responsable de desarrollo de dicho estándar presentó su proyecto; al terminar surgieron algunas propuestas de mejora; el responsable las rechazó todas con un único argumento: “la autoridad superior ya me lo autorizó, tal como está”; entonces, ¿fue una reunión inútil?; sí, ¡fue una reunión inútil!, aún más allá, ¡fue una reunión perjudicial!, pues se provocó el debilitamiento de los procesos de aseguramiento de la calidad, al vulnerar el consenso. En esas circunstancias, ¿quién responderá a las futuras convocatorias de revisión?

La misma mecánica se advierte en la convocatoria al Diálogo por la Seguridad: los convocantes invitan a buscar consensos, pero se adelantan a rechazar las propuestas. En esencia, el mensaje que nos transmiten es que podemos discutir cualquier asunto, incluso la legalización de las drogas, no obstante, las decisiones ya están tomadas.

Así pues, los que proponen mayor inversión en salud para reducir el consumo y las adicciones, los que proponen la instrumentación de una respuesta social para reducir las fuentes de reclutamiento de los criminales, mediante políticas de creación de empleos u oportunidades educativas, los que proponen la legalización para reducir el valor del mercado ilícito, los que proponen fortalecer los esfuerzos por evitar el lavado de dinero, probablemente estén bordando en el aire.

¿Cuál es entonces el propósito de esa convocatoria?

Tal vez, a la luz de los resultados, los responsables ya se dieron cuenta de que fue un error utilizar palabra “guerra” en el discurso, seguramente desean que olvidemos quienes apadrinaron el bautizo. La decisión de nombrarle “guerra” otorgó, a un conjunto de criminales, la calidad de combatientes, es decir, transformó un problema en un conflicto, con las consecuencias en la percepción local y mundial que ya estamos sufriendo. Los narcotraficantes no son combatientes, son delincuentes.

Tal vez, en medio de la sensación de soledad que sufren nuestras autoridades, derivada de la pérdida de apoyo social, y preocupados por la carga de responsabilidad inherente, estén intentando proyectar la percepción de que los resultados, en el futuro, serán producto de una alternativa elegida por todos, al menos por todos los participantes en el Diálogo. Cualquier líder que inicia una confrontación, antes de comprometer su capital político, debe construir una visión compartida, si espera tener éxito. Veintiocho mil muertos después, el Diálogo por la Seguridad intenta promover, no construir, esa clase de visión; yo no sé si será un poco tarde.

Tal vez, ante la proximidad de los procesos electorales, desean diluir el costo político, repartiéndolo entre todos los participantes; es posible que esa sea la razón de la escasa participación de la clase política (pueden ser inútiles, pero no son tontos). Seguramente hay muchos que podrían aportar al debate, no obstante, ¿quién querría avalar un proceso donde parece que las decisiones ya han sido tomadas?

Más allá de las especulaciones, me atrevo a preguntar: ¿las ideas en conflicto se están acercando al consenso?, ¿los consensos pueden traducirse en políticas públicas?, ¿las políticas públicas tendrán el apoyo social y presupuestal necesario?, cualquier negativa a estas preguntas tornará esta iniciativa en un diálogo de sordos.

Por otra parte, nadie, que yo sepa, está clamando “presidente no te metas con los criminales”; muy por el contrario, estamos deseando que el Estado (no el Presidente) aplique sus capacidades a investigar, procesar y penalizar a los delincuentes; que el Estado demuestre que tiene el poder del DEBIDO PROCESO para tratarlos como lo que verdaderamente son: ¡criminales!. ¿Dónde están los culpables de los 28,000 homicidios?

La desafortunada aseveración de que “Tenemos una delincuencia organizada y una sociedad desorganizada” es, no sólo inexacta, sino ofensiva; millones de mexicanos trabajamos organizados, todos los días: los insumos fluyen, los procesos funcionan, los productos llegan, los impuestos se pagan, demostrando que la desorganización no está en la sociedad. En repetidas ocasiones hemos demostrado nuestra capacidad de autoorganización alrededor de causas comunes, rebasando frecuentemente los alcances de nuestras autoridades. Yo podría asegurar que tenemos una sociedad solidaria, pero liderazgos políticos sin visión, incapaces de atraer nuestra confianza.

¿Cómo confiar en liderazgos que convocan a la vez que descalifican, que solicitan propuestas al tiempo que se empecinan en sus propias soluciones?

¿Acaso intentan que la verdad del fracaso gubernamental se diluya en la mentira del fracaso social?

 

F. Crisóstomo.

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