RESILIENCIA V

La naturaleza obra sin maestros.
 Hipócrates

 

El surgimiento de ese tipo de patrones generales coherentes, producidos por las interacciones entre componentes inicialmente independientes, es a lo que se ha dado en llamar auto-organización. La auto-organización es un núcleo conceptos y principios fundamentales que intenta describir las semejanzas en el desarrollo y desempeño de ciertos órdenes colectivos (sistemas), integrados, entre otros propósitos,  para su propia preservación y resistencia a las perturbaciones.

Por ejemplo, el mercado, a pesar de ser un sistema no lineal caótico, donde diversidad de productores y consumidores intercambian bienes, logra algo muy cercano al equilibrio: propicia que las demandas fluctuantes de los consumidores sean satisfechas, sin un control centralizado, asegurando que los bienes lleguen a destino suficiente y oportunamente. Adam Smith llamó a este comportamiento “la mano invisible”; hoy sabemos que se trata de auto-organización.

La mayoría de los sistemas complejos conocidos funcionan de manera auto-organizada; moléculas, células vivas, ecosistemas y mercados son sistemas robustos que basan su eficiencia en un control distribuido y redundante de modo que cualquier perturbación pueda ser “fácilmente” restaurada o su funcionalidad pueda ser sustituida por otros componentes no dañados. La ausencia de controles centralizados y la adaptación continua a un entorno cambiante son dos rasgos fundamentales, que distinguen a los sistemas auto-organizados.

Algunas ventajas observadas en este tipo de sistemas son: su capacidad para funcionar autónomamente (demandando un mínimo de supervisión) y su capacidad de adaptación espontanea (sin requisitos de planificación detallada). Entre sus desventajas podemos mencionar su limitada predictibilidad y las enormes dificultades para su control.

Los sistemas auto-organizados tienden a compensar cualquier cambio producido desde el exterior, por lo que es difícil encaminarlos hacia objetivos específicos. Controlar o presionar su comportamiento, normalmente provoca resultados inesperados, no obstante, es posible inducir sesgos en su desempeño, identificando propiedades del sistema que puedan ser utilizadas como puntos de apalancamiento.

Los sistemas auto-organizados no obedecen a plan mayor alguno, sus resultantes emergen de la combinación de los comportamientos individuales, regulados por unas pocas reglas simples. Por ejemplo, si ponemos atención al desplazamiento de una parvada o de un cardumen, no solamente quedaremos maravillados por su belleza y coordinación, sino por el enigma resultante de la pregunta ¿Cómo lo logran?; lo hacen posible, ajustando el comportamiento individual a reglas simples: Permanecer alineados, Mantener la distancia y Evitar al depredador.

Para ilustrar el impacto que el conocimiento sobre los sistemas auto-organizados puede tener en nuestras organizaciones (Incluso en las naciones) y su seguridad, permítame referirme a un pasaje de la novela “El Azteca” de Gary Jennings. La novela se sitúa en el periodo posterior a la conquista de Tenochtitlan; transcurre a través del relato que un viejo sacerdote azteca, Mixtli, hace ante clérigos españoles católicos, mediante el cual les informa, entre otras cosas, de la cultura del pueblo conquistado. En esta parte del relato, Mixtli refiere la manera en que, a pesar de no contar con la escritura, los gobernantes fueron capaces de mantener la paz y el orden en el vasto imperio Azteca.

Nuestras leyes fueron hechas para el bien de todos y todos las obedecían, conociendo de antemano las espantosas consecuencias de no acatarlas. (…) de acuerdo con las leyes que ustedes trajeron de España, un ladrón es castigado con la muerte. También para nosotros era así. (…) Por sus leyes un hombre hambriento que roba algo de comer es un ladrón. Esto no era así en nuestro tiempo. (…) Una de nuestras leyes decía que (…) cualquier viajero podía tomar de un tirón cuantas mazorcas de maíz necesitara para su panza vacía. Pero el hombre que por avaricia, (…) saqueara aquel campo de maíz (…) si era atrapado, moría. De este modo esa ley encerraba dos cosas buenas: que el ladrón sería curado para siempre de robar y que el hombre hambriento no muriera de hambre.

En nuestro tiempo habían solamente unas pocas leyes, deliberadamente pocas, para que cada hombre pudiera guardarlas, todas, en su corazón y en su cabeza, y no tuviera ninguna excusa para quebrantarlas aduciendo ignorancia. Por eso, nuestras leyes no estaban escritas como las suyas, ni eran pegadas en sitios públicos como ustedes lo hacen, así un hombre no tenía que estar consultando continuamente la larga lista de edictos, reglas y regulaciones, para poder así medir hasta su más pequeña acción de «si debería» o «no debería».

Note usted las referencias a la existencia de un comportamiento social ordenado, producto de las conductas individuales ajustadas a un limitado número de reglas, benéficas para todos, con un sistema de consecuencias eficaz.

 Continuará…

F. Crisóstomo.

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