CLEPTOFOBIA

"El miedo es como un fuego en nuestro interior.
Si lo controlamos nos mantendrá calientes para seguir peleando.
Pero si no lo controlamos se extenderá y nos devorará,
y también a quienes amamos."
Rocky Balboa.

-¿Está usted seguro?- esa debió ser la pregunta que le hicieron a quien tomó la decisión de mantener encerradas a seis empleadas que realizaban una toma física de inventarios, por la noche, en una tienda de Culiacán, Sinaloa. Quien tomó la decisión debió sopesar el riesgo de que se produjera un incendio en la tienda y de que este acabara con la vida de las empleadas, contrastándolo con respecto al riesgo de que las empleadas robaran algo de la tienda. Definitivamente le pareció más probable el segundo escenario; tal vez, sus evaluaciones corrieron por la precariedad de los sueldos de las empleadas y por la oportunidad que se les presentaba de sustraer mercancía durante un turno nocturno, sin supervisión, así como por la posibilidad de reflejar esos robos como pérdidas en los registros de almacén, por lo tanto, decidió que lo más sensato era dejarlas encerradas: murieron calcinadas.

Una vez más, alguien ignoró las consecuencias, la probabilidad perdió y el miedo ganó; el miedo de empresarios, gerentes y supervisores, probablemente acicateado por algún especialista de seguridad, que se ha traducido en un sistema de desconfianzas que ponen, por encima del valor de la vida, el valor de los activos.

Desde principios de los 80’s, expertos en economía han venido recomendando la gestión esbelta como estrategia para la competitividad, lo que se ha traducido en presiones sobre la reducción de los costos, principalmente de personal (Recortes de personal, a los salarios, a las prestaciones). Muchas empresas en proceso de fusión o adquisición adoptaron con éxito esta estrategia, lo cual pareció confirmar la utilidad de las recomendaciones.

No obstante, David M. Gordon, en su libro “Obesidad y mezquindad: La opresión corporativa de los trabajadores estadounidenses y el mito de la directiva reduccionista”, afirma que las empresas han confundido, en la gestión, “lo mezquino” con “lo esbelto”. Atribuye la presión sobre los salarios reales (precarización del empleo), no tanto a factores económicos internacionales, sino a la aplicación poco escrupulosa de la estrategia, basada en el endurecimiento de las sanciones. Rastreando los patrones de empleo global de la década pasada, Gordon demuestra que la mayoría de las empresas estadounidenses realmente están empleando cada vez más gerentes y supervisores, por cada trabajador, que nunca; que los sueldos de estos funcionarios se han incrementado hasta desaparecer los beneficios del estrechamiento de las plantillas de personal, generando una amplia “brecha salarial” que atribuyen, falsamente, a las tendencias de la “economía del conocimiento”. Coloquialmente podríamos decir que cada vez hay más “jefes” pero menos “indios”. Gordon expone que el exceso de personal de gestión y la compensación desequilibrada de los trabajadores de línea han producido un efecto nocivo para la competitividad. En lugar de aspirar a los beneficios, los empleados temen al despido y asumen costos personales que se traducen en enormes costos sociales y económicos.

Imagine a ese empleado de nivel medio que, temiendo a posibles robos, decidió encerrar a las empleadas de Culiacán: ¿Logró sus metas de adelgazamiento de los costos, mejoró la competitividad de su empresa o, simplemente, reflejó la mezquindad de su organización?

Desconozco el valor que en esa organización tenga el prestigio, pero conozco el valor de la vida humana; posiblemente, una adecuada gestión de crisis logre reducir el daño a la reputación, pero, el saldo es impagable; ni siquiera la argumentación de la crisis financiera global, de la productividad, de la competitividad, ni todas juntas alcanzan para justificar la mezquindad en la seguridad de las personas.

Muchas veces he escuchado a diversos especialistas en seguridad, afirmando que, para ser bueno en esta profesión, hay que sospechar de todos y pensar como el criminal; se me ocurre recordar a Nietzsche cuando nos dice “No miremos por mucho tiempo el abismo pues entonces éste se mira dentro de nosotros”.

 

F. Crisóstomo.

 

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