VULNERABILIDAD Y COMPETITIVIDAD

“Aceptar nuestra vulnerabilidad en lugar de tratar de ocultarla es la mejor manera de adaptarse a la realidad”. David Viscott.

“Si no puede medirse, no puede mejorarse”, esa es una frase enormemente difundida y bastante aceptada; no obstante, aunque una de mis aficiones es encontrar datos, dibujar sus relaciones (información) para sacar conclusiones y utilizar éstas para desarrollar cambios (conocimiento), me agrada saber que hay cosas que no se pueden expresar en gráficos, que tienen que ser contadas como historias, porque las historias siguen siendo datos con alma y, probablemente en algunos casos, no sea tan sano tratar de quitarle el alma a las historias para obtener datos.

Algunos van más allá y afirman que “Si no puede medirse, no existe”, pero, yo he encontrado cosas muy difíciles de medir y de las cuales no puedo negar su existencia; es el caso de nuestros miedos. ¿Cuántas personas conoce usted que tienen miedo a expresarse en público?; ¿Cuántos a su alrededor lucen estresados, en el trabajo?; ¿A cuántos les nota usted el miedo a ser despedidos?; Incluso, algunos que parecen ser competentes, cumplidos y organizados ¿por qué parecen actuar como si tuvieran el freno atascado?; ¿acaso tendrán miedo de fallar?

Si usted es de éstos últimos y tiene miedo de fallar, piénselo por un momento; imagínese frente al televisor, viendo el anuncio de uno de esos productos llenos de virtudes milagrosas y ofrecidos a precios “de oportunidad”, ¿lo compraría usted?; es difícil comprar algo que sólo tiene virtudes, demasiado bueno para ser cierto; entonces, ¿por qué usted tendría que ser una persona que nunca falla?; Salman Amin, vicepresidente ejecutivo de ventas y marketing de PepsiCo, durante una charla con estudiantes comentó: (al contratar un nuevo empleado) “Si un candidato es lo suficientemente seguro como para ser franco y directo al revelar algún fracaso y discutirlo abiertamente, ese es un indicador clave de su madurez y voluntad de crecer”.

Aunque tienen consecuencias reales, la mayoría de nuestros temores y dudas limitantes son creaciones nuestras, son historias que intentan ajustar lo que verdaderamente somos a lo que creemos, decimos y hacemos; funcionan como arenas movedizas, pues, en tanto más intentamos controlarlos, cuanto más se apoderan del espacio de nuestros pensamientos; es difícil salir de ellos sin ayuda, pero la primera tentación es negarlos o creer que podremos “manejarlo”, actitud sintomática que confirma el problema: no hay ayuda que sirva a quien no se reconoce vulnerable.

Antes de avanzar en esta charla le quiero pedir que piense, por un momento, en la productividad y competitividad de su empresa y que sopese lo que ocurriría si fuera posible desterrar los temores, el estrés y la sensación de vulnerabilidad de todos los empleados. Sigamos.

Como si de un manantial se tratará, la vulnerabilidad se origina en nuestro temor a no ser “suficientemente buenos”, a no ser aceptados y a perder la conexión con los demás; así también en la vergüenza, que no viene de la brecha entre lo que somos y las expectativas de los demás, sino de la brecha entre nuestras pretensiones y nuestra realidad. Así que, nos sentimos vulnerables porque entendemos que, para poder conectarnos sin riesgos, tenemos que dejar ver nuestra realidad y eso nos produce angustia, porque nos deja creyendo que no merecemos la conexión.

En eso estriba la sensación que proyectan las personas que van por ahí, dejando un halo de dignidad y seguridad: no dudan de que merecen la conexión con los demás. Tienen en común el coraje de contar la historia de quiénes son; el coraje de ser imperfectos; la capacidad de ser compasivos con sus propias falencias y luego con las de los otros; son auténticos, dejan a un lado lo que deberían ser para, simplemente, ser; aceptan plenamente su vulnerabilidad y dejan de controlar y predecir; despliegan sus esfuerzos de conexión sin pensar en garantías.

¿Cuál sería el efecto de ayudar a los empleados de una empresa a alcanzar esta clase de estado mental y social?; ¿qué pasaría si todos se supieran dignos de pertenecer?; ¿podríamos, entonces, pedirles pasión respecto de nuestra visión? o ¿debemos seguir exigiéndoles que sean perfectos?; ¿deberíamos comenzar con sus líderes?

Usted, ¿Qué opina?

 

F.Crisóstomo.

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