INFANCIA Y VIOLENCIA

El futuro de los niños es siempre hoy. Mañana será tarde. 
Gabriela Mistral

En un periódico de circulación nacional, encontré las siguientes líneas:

“Este niño tenía frecuentes reportes de violencia en la escuela, cuando cumplió 12 años violó a su hermana de sólo seis, y a los 14 mató a su vecino de ocho, antes lo violó, incluso lo torturó  (…) cuando logró su libertad, tras manipular a los jueces del tutelar, se metió en la casa de su última víctima y abrió las llaves del gas”

Me estremecí, sentí algo como un hueco en el estómago, sobre todo porque la historia venía acompañada de la aseveración de que “en México, el trastorno de la conducta disocial (…) sociópata, tiene una prevalencia de entre 1 y 2 por cada 100 niños, y se incrementa en la adolescencia a 5%, con distintos grados de sadismo y violencia”, y esta aseveración, según consignaba el periódico, tenía como fuente a un funcionario, asistente de dirección y coordinador de psiquiatría legal del Hospital Psiquiátrico Infantil Juan N. Navarro, de la Secretaría de Salud.

La sociopatía o trastorno de personalidad antisocial puede comprender alguna combinación de las siguientes características: ausencia de empatía y de remordimiento, visión distorsionada de la autoestima, deshumanización de la víctima, falta de preocupación por las consecuencias, egocentrismo, megalomanía, exceso de hedonismo, alta impulsividad, gusto por la sensación de control y poder.

En la infancia, uno de los síntomas frecuentes es la tendencia al maltrato a los animales y al abuso sobre los débiles y vulnerables; también se puede observar cierto nivel de desprecio a las formas de autoridad, insultos a padres y otros adultos, así como un comportamiento manipulador.

Aunque es difícil detectar la desviación, dado que estas personas no muestran signos de enfermedad mental ni discapacidad intelectual, algunos predictores pueden ser: la violencia en el manejo de sus relaciones interpersonales, acompañada de frecuentes intentos de manipulación emocional, su incapacidad para postergar la gratificación y el riesgo de incurrir en conductas socialmente indeseables o incluso inaceptables.

Según la Procuraduría General de Justicia del DF (PGJDF), los actos delictivos cometidos por adolescentes de 14 a 17 años de edad se han incrementado hasta 25%; homicidio doloso y calificado, violación, secuestro y lesiones a terceros con armas de fuego o punzocortantes, incluyendo robo en lugares públicos, son muy frecuentes.

Conocí a “X” en la juventud, era introvertido y de mirada un tanto hosca y casi torva. Su familia preocupada le regaló un cachorrito; al principio pareció funcionar; “X” volcó su atención en el perrito, lo bañaba, jugaba con él y le enseñaba algunos trucos, hasta que, un día, el perro defecó en un lugar indebido y “X” reaccionó golpeándolo furiosamente y sumergiéndolo en una pileta, repitiendo continuamente: “para que aprendas”. El cachorro dejo de existir.

Ya como adulto, “X” ha tenido una vida familiar tortuosa, entre el alcoholismo, las golpizas a su pareja y su velada oposición a resolver una separación. Su vida laboral se ha desarrollado alrededor del sector público, buscando “comercializar” toda clase de productos que le permitan corromper funcionarios, aprovechando las debilidades de los sistemas de adquisiciones. No tiene el menor empacho en hablar de sus actividades, incluso en jactarse de la manera en que aprovecha las debilidades morales de sus compradores. Nunca repara en la calidad de los productos que vende, ni en el prestigio de las instituciones a las que lesiona; las normas, más que no importarle, le resultan despreciables; su frase preferida es “La Ley es interpretativa”.

Ahora, usted que se dedica a la seguridad, piense que podría haber un señor “X” vendiendo productos de seguridad, destinados a proteger la integridad de las personas, ¿Cuáles podrían ser las consecuencias?

No se tiene que ser un delincuente para causar daño social, un sociópata ya hace suficiente, y la corrupción puede ser síntoma de la extensión de este mal entre nuestra sociedad.

La infancia es un buen momento para detectar y, mediante una adecuada formación, corregir estas desviaciones; es indispensable que integremos un sistema educativo donde la utilización de la razón provoque un cambio de actitud, a través del conocimiento y la comprensión, donde la espiritualidad (no la religión) brinde el soporte moral necesario, donde el respeto integre al niño en la cultura de la paz, donde el afecto le brinde un clima de confianza y apoyo emocional.

Haga números, el 5% de los que somos podría tener problemas de sociopatía; seguramente la mejor manera de prevenir parte de la criminalidad futura tendría que ver con nuestra capacidad de corregir el problema en edades tempanas.

Si bien, necesitamos mejorar nuestras competencias en lecto-escritura, matemáticas, tecnología e idiomas, no podemos olvidar la formación humanista de nuestros infantes. Tal vez esa sería nuestra mejor inversión en seguridad.

 

F.Crisóstomo.

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