LOS RIESGOS DE LA GESTIÓN DEL RIESGO

En la ciencia es necesario comprender el mundo; en los negocios es necesario que otros lo entiendan mal. The bed of Procustes, Nassim N. Taleb.

 

Buena parte de nuestra autoestima proviene de nuestra historia o, por lo menos, de nuestra mitología. Esto es tan cierto para los individuos como para las comunidades e, incluso, para las profesiones. Si preguntas a un médico, probablemente te hablará de Asclepio, el dios de la medicina; algunos militares reconocen a Santiago matamoros, la representación iconográfica del apóstol Santiago el Mayor, montado en su blanco corcel, blandiendo la espada y embistiendo musulmanes; aunque también podrían señalar a sus referentes intelectuales, Hipócrates y Sun Tzu respectivamente.

Para aquellos, quienes nos dedicamos a la gestión de riesgos (o gestión de la seguridad), ¿cuáles son nuestras trascendencias, cuáles nuestros referentes?; tal vez debemos recorrer, retrospectivamente, la línea de tiempo con una pregunta: ¿cuándo fue que comenzamos a pensar en el control del riesgo?

Seguramente fue el momento en que oráculos y adivinos dejaron de tener el monopolio sobre el conocimiento de los eventos futuros; el momento en que los hombres comenzamos a dudar del destino, de la influencia caprichosa de los dioses en el porvenir y en que decidimos no permanecer pasivos ante la dinámica de la naturaleza. Una época de confusión religiosa, cuando la gente soltó las amarras de las creencias y se aventuró en el desafío del escepticismo: el Renacimiento.

En 1654, el Chevalier de Mere, desafió a Blaise Pascal a resolver un acertijo: ¿cómo dividir las apuestas de un juego de azar inconcluso, entre dos jugadores, cuando uno de ellos está por delante?; Pascal acudió a la colaboración de Pierre de Fermat, un abogado y brillante matemático. El resultado de su colaboración llevó al descubrimiento de la teoría de la probabilidad, el centro matemático del concepto de riesgo.

Con los años, los números ya no sólo servirían para llevar registro del pasado, sino que ahora podrían ayudarnos a tomar decisiones; los matemáticos hicieron, de la teoría de la probabilidad, un poderoso instrumento para organizar, interpretar y aplicar la información; a partir de entonces, las técnicas cuantitativas de gestión de riesgos emergieron para desencadenar la aceleración de los tiempos modernos.

A principios del siglo XVIII, Jacob Bernoulli descubrió la Ley de los Grandes Números y, con ella, los métodos estadísticos de muestreo, cuya aplicación se puede hoy observar en las encuestas de opinión o en el ensayo de nuevos medicamentos. Para 1725, los matemáticos elaboraban tablas de esperanza de vida; alrededor de 1730, Abraham de Moivre sugiere la estructura de la distribución normal, también conocida como la curva de campana y descubre el concepto de desviación estándar. Juntos, estos dos conceptos constituyen lo que se conoce popularmente como la Ley de los Promedios y son ingredientes esenciales de las técnicas de cuantificación del riesgo. A mediados del siglo XVIII, en Londres, el seguro marítimo se había convertido en un negocio floreciente. Casi cien años después de la colaboración entre Pascal y Fermat, Thomas Bayes expone su famoso teorema, demostrando que se pueden elaborar decisiones mejor informadas, mezclando matemáticamente nueva información con información antigua.

Warren Weaver, en su informe Rockefeller, nos ha hablado de este progreso en las ciencias: al principio, la ciencia estuvo relacionada con problemas de simplicidad de pocas variables; luego, se enfocó en la solución de problemas con una gran cantidad de variables, cuyo comportamiento individual podría ser errático, pero, cuyo comportamiento de conjunto posee ciertas propiedades medias ordenadas y analizables, mediante la aplicación de las ciencias de la probabilidad y la estadística; actualmente, los problemas de las ciencias biológicas, médicas, psicológicas, económicas y políticas son el foco de atención de la ciencia, son problemas de complejidad desorganizada, para los cuales la teoría de la complejidad, de los sistemas emergentes, del caos, se plantean como mejores maneras de comprender nuestro entorno, con una visión sistémica. Así surgen nombres como Jules Henri Poincaré, Edward Norton Lorenz, Alan Turing, Jane Jacobs. Marvin Minsky, etc.

Nuestros descubrimientos sobre el riesgo y nuestros instrumentos de toma de decisiones son parte relevante del núcleo de nuestra economía de libre mercado, causa y efecto de las sociedades contemporáneas.

Hasta aquí, sin santos ni dioses, con sólo mentes prodigiosas, es posible que nuestra autoestima haya crecido hasta desbordarse, no obstante, cabe decir que no todo nos ha salido bien, por ejemplo, el premio Nobel Kenneth Arrow ha expresado que “Nuestro conocimiento de cómo funcionan las cosas, en la sociedad o en la naturaleza, viene detrás de nubes de vaguedad. Grandes males han seguido a la creencia en la certeza”. Es posible que nuestro mayor pecado haya sido la soberbia, que, en el proceso de liberarnos de los adivinos, nos hayamos esclavizado a un nuevo credo, tan limitante y arbitrario como el que queríamos abandonar.

Es posible que la soberbia nos haya llevado a olvidar la precaución y a someter nuestra ciencia a los análisis financieros de costo-beneficio. También la codicia, posiblemente, nos ha convencido de que, si se asumen grandes riesgos, se puede ganar mucho dinero. Hemos sido negligentes, al olvidar que nuestro planeta siempre ha tenido límites; límites que en el pasado percibíamos muy lejanos, pero, a los que nuestro creciente apetito por el riesgo nos acerca aceleradamente. Hoy, nos encontramos chocando con esos límites, es tiempo de reconsiderar el rumbo de nuestra profesión: los riesgos de la gestión del riesgo.

 

F.Crisóstomo.

 

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