INFANCIA ES DESTINO

La infancia tiene sus propias maneras de ver,

pensar y sentir; nada hay más insensato que

pretender sustituirlas por las nuestras.

Jean Jacques Roseau

Solamente en un ambiente donde los muertos, desaparecidos y cadáveres no identificados se cuentan por miles, puede entenderse el nivel de desesperación que lleva a las personas a repudiar el respeto a los derechos humanos y a tolerar, sin protestar, o incluso a apoyar propuestas como la de enrolar en el Ejército a los jóvenes perversamente etiquetados como NINI’s.

Me queda claro que el Estado no puede renunciar a su deber de proteger a los ciudadanos, incluso, tal vez, en situaciones extremas, el uso de las fuerzas armadas pueda justificarse para cumplir ese deber. No obstante, antes de tomar esa decisión, no se puede eludir la responsabilidad de considerar que los militares no son entrenados para distinguir entre inocencia y culpabilidad, además de que nada en su entrenamiento los prepara para entender que un presunto culpable muerto, muere inocente, lo cual no favorece a la justicia ni al Estado de Derecho. Su entrenamiento, en realidad, sirve para distinguir entre amigos y enemigos; aunque, esto último ni siquiera sea parte de un razonamiento sobre determinados distingos, sino que se sustenta en las órdenes y señalamientos de sus superiores; por lo que, si un superior señala al enemigo, la respuesta del soldado no puede tener matices de incertidumbre. Peligroso, entonces, resulta que un único hombre concentre el poder de señalar al enemigo y de convocar a nuestro Ejército a enfocar su poder sobre objetivo alguno. En este contexto, hoy, nuestro Ejército hace lo que sabe, hace lo que puede y hace lo que se le ordena, pero, sería injusto esperar que corrija las debilidades de un Estado y de una Ciudadanía incapaces de generar el ambiente de desarrollo indispensable para nuestros jóvenes.

En algunas regiones de Centroamérica, se criminalizó a los jóvenes por el uso de tatuajes; la sociedad llegó a justificar la muerte de cualquiera que los llevara impresos en el cuerpo; la marginación y el exterminio los aislaron; en muchos casos, esa clase de aislamiento nutrió y exacerbó la violencia de esos grupos, sin corregir nunca sus desviaciones delictivas.

En los últimos cinco años, el número de menores de edad involucrados con la llamada “delincuencia organizada” ha crecido consistentemente; no tenga usted dudas respecto de que este podría ser el mayor de nuestros problemas actuales. Los estudiosos de la violencia de los menores hablan de un fenómeno multifactorial que incluye un entorno social agresivo y alteraciones neurológicas, ocasionadas por golpes, abusos físicos o sexuales, trastornos genéticos o negligencia emocional de los mayores; todos estos factores interactúan para propiciar las condiciones que causan la ausencia de empatía que, a su vez, conduce a cometer actos violentos contra otras personas.

Con toda la evidencia científica de que disponemos en la actualidad, solamente una mente obtusa y falta de empatía puede llegar a creer que la disciplina castrense sería la solución mágica a los problemas de violencia de nuestros menores, ni qué decir de pensar que se tiene el derecho de elegir la forma en que querrían conducir sus vidas; solamente un cínico creerá que así podríamos escapar de nuestra obligación común de garantizar el disfrute de las libertades, para nuestros hijos.

Con gran pena, veo que aún hay muchos que creen que este tipo de soluciones extraordinarias se justifican por los momentos extraordinarios que vivimos, sin darse cuenta de que esa clase de soluciones extraordinarias nos han traído hasta aquí y nos podría llevar más abajo, en una espiral de desesperación que dejaría a nuestro cuerpo social debilitado y a merced de cualquier visión maniquea. Por Razones de Estado y en nombre de la Seguridad Nacional, en todo el orbe, se han impulsado las más sucias aberraciones de la humanidad, muy frecuentemente apoyadas por las masas que no se atrevieron a pensar ni a hablar, mucho menos a actuar, a tiempo. Nuestro tiempo es extraordinariamente peligroso, sin el respeto de los derechos fundamentales y el cumplimiento de la obligación del poder público de garantizarlos, no habrá mejor mañana.

¿Cuántos de ustedes recuerdan las palabras que inauguraron esta supuesta guerra?, ¿cuántos recuerdan los objetivos de esta guerra?, ¿cuántos conocen de los avances?, ¿cuántos recuerdan los nombres o los rostros de los inocentes asesinados?, “haiga sido como haiga sido”, pero asesinados. El razonamiento estadístico nos diría que la mayoría de esos asesinatos no afectaron a ninguno de nosotros, en particular, en realidad nos afectaron a todos; pero, mientras nuestra empatía no nos haga sentir indignación, nada nos moverá a asumir nuestra responsabilidad ciudadana, nada nos hará comprender que la responsabilidad de una vida digna para nuestros hijos no puede abandonarse en las manos de una ciega, sorda y desprestigiada clase política.

Tendremos una nación fuerte y libre, en tanto asumamos nuestra responsabilidad ciudadana, que va desde reportar un bache hasta participar activamente del repudio a las mentiras y fallos de nuestros gobernantes y representantes, del mismo modo que denunciar a los corruptos y a los delincuentes.

Basado en una mentira, George Bush llevó a los estadounidenses a una guerra que sigue costando vidas; ¿dónde está la verdad que nos mantiene en la nuestra?

La democracia no es un estado natural, es la artificialidad en que nos conviene vivir, por ello es una construcción permanente, difícil de mantener y hasta imposible para los indolentes. Nuestros hijos ya están pagando las consecuencias de nuestra indolencia.

La patria está de parto, hay que ayudarla a dar a luz; una nueva clase de mexicanidad tendrá que surgir de todo este dolor.

F.Crisóstomo.

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