En Manos de P…

Estoy, por completo, a favor de mantener las armas peligrosas fuera del alcance de los tontos. Empecemos con la máquina de escribir. Frank Lloyd Wright

Años atrás, antes de que el miedo pululará entre nosotros (hoy abunda, bulle y se multiplica), manifestaba yo, en este mismo espacio, que mis mayores temores se originaban en las consecuencias del miedo, más que en el miedo mismo. El tiempo se ha encargado de confirmar mis temores.

En la Encuesta Nacional de Cultura Constitucional, aplicada por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), se preguntó: “La libertad y la seguridad son valores que a veces pueden chocar, si tuviera que escoger uno, ¿con cuál se quedaría?”; sí bien preocupa que cuatro de cada 10 encuestados hayan elegido sacrificar la libertad en nombre de la seguridad, es más preocupante que, en su mayoría, lo hayan hecho los jóvenes de entre 15 y 19 años. Así también, un tercio de los entrevistados se manifestó a favor de que una persona sea torturada para obtener información sobre un grupo de narcotraficantes y tres de cada diez estarían de acuerdo con que las fuerzas de seguridad maten a un miembro de la delincuencia organizada, en vez de juzgarlo.

La escalada de terror inició por temer a los delincuentes, pasó por el miedo a las fuerzas de seguridad y hoy podemos comenzar a temer a una sociedad deshumanizada, que cree que la tortura, las ejecuciones extrajudiciales y el desprecio de la libertad son parte de la solución a nuestra creciente sensación de inseguridad.

“A rio revuelto, ganancia de pescadores”, reza un popular refrán; el entumecimiento de la razón, causado por el miedo, ha sido provocado por un proceso iterativo de desinformación creciente, al que todos contribuimos cuando abandonamos nuestra capacidad de analizar y nos dejamos arrastrar por argumentaciones, al menos, falaces; para muestra un botón: En una prestigiada publicación especializada en asuntos de seguridad, un editorial dedicado a la defensa de la preservación del fuero militar concluye que “el fuero militar es la última línea de defensa de la seguridad interior”. Así, de botepronto y sin pensarlo, la aseveración sugiere que quienes no deseamos el debilitamiento de la seguridad interior deberíamos rechazar la desaparición o acotamiento del fuero militar. No obstante, esa aseveración no soporta un simple ¿por qué?, mucho menos una pregunta más puntual: ¿Cuál es la relación entre fuero militar y seguridad interior?

En realidad, la discusión sobre el fuero militar es tan vieja como nuestra constitución, está en las raíces del espíritu liberal de nuestra nación. “Nadie puede ser juzgado por leyes privativas ni por tribunales especiales”, consigna nuestra Carta Magna, para luego declarar la excepción “Subsiste el fuero de guerra para los delitos y faltas contra la disciplina militar”, y acotar la jurisdicción “los tribunales militares en ningún caso y por ningún motivo, podrán extender su jurisdicción sobre personas que no pertenezcan al ejército”. La interpretación de la Suprema Corte de Justicia de México consolida ese acotamiento, al señalar dos condiciones para la procedencia del fuero militar: a) Que los sujetos de responsabilidad sean militares; b) Que su conducta esté ligada al deterioro de la disciplina militar o del decoro de la institución armada. De este modo, el fuero militar, en realidad, evita que los civiles seamos juzgados por tribunales militares, tal como sucede en otros países, por ejemplo, en nuestro “democrático y progresista” vecino del Norte, en el caso de los presos de Guantánamo. Para puntualizar, le pido que imagine a un empleado que súbitamente decide botar a un lado sus trastos de trabajo y ausentarse, renunciando a su empleo; ese sería un acto sin consecuencias para el empleado, en cambio, en el fuero militar, ese mismo acto constituye un delito y, por tanto, es una conducta punible. Así, la condición de militar agrega a la conducta un motivo para considerarla delito. El teniente coronel Juan Suarez y Navarro, juez militar, escribió en 1849 lo siguiente: “No acierto a comprender cómo han podido subsistir, sin reforma alguna, los tribunales militares para juzgar los delitos que no tienen roce con el deber o la disciplina, o la subordinación que se prescriben al soldado o al oficial. Se violan las más especiales garantías, y se pone al reo o a la víctima, en mano de sus jueces, maniatada y circunscrita al círculo de una mezquina defensa”.

El temor de algunos, respecto de que la desaparición del fuero militar pudiera vulnerar el control disciplinario del ámbito castrense, pretende reducir las virtudes militares a un mero sometimiento por temor a las consecuencias legales, lo cual le hace un flaco favor a la institución. Por mi parte, y conociendo a muchos integrantes de nuestras fuerzas armadas, puedo asegurar que, con fuero o sin él, nuestros soldados seguirán cumpliendo sus deberes.

Por otro lado, la discusión sobre la seguridad interior y las posibles reformas a la ley de seguridad interior, pasa por la participación del Ejército en tareas propias de las instituciones de seguridad pública, pero no es el centro del debate. Nadie duda sobre la necesidad de anteponer la fuerza al poder creciente de las bandas criminales, sobre todo cuando se tiene evidencia objetiva del deterioro y debilitamiento de nuestras instituciones policiales, lo que hoy está a discusión es la conveniencia de la concentración unipersonal de las decisiones sobre el uso de esa fuerza. Unipersonalidad que decide llamarle “Guerra” a sus emprendimientos por la seguridad, llamar “Enemigos” a los delincuentes y pedir al soldado que despliegue sus capacidades para combatirlos: Las consecuencias estaban a la vista.

Cualquier arma puede ser considerada un legítimo medio de defensa, no obstante, puede, súbitamente, transformarse en un peligro, y esa transformación depende de en manos de quién pongamos el arma.

Nuestro Ejército es un arma poderosa, pero su poder, antes que en el fuego, tiene su fuente en la lealtad; hoy, la Ley le manda lealtad a un jefe supremo; cualquier cambio sano a nuestras leyes debería demandar, ante la actual crisis de representatividad política, la lealtad al pueblo. Al menos, en las agendas de riesgo de la seguridad nacional, deberían considerarse las consecuencias de la aplicación desacertada de las armas nacionales.

 

F.Crisóstomo.

 

Nota: Monterrey fue el lugar escogido para que el amor de sus amores tuviera una vida feliz; hoy, tal vez tiene dudas, pero está decidido a quedarse y reconstruir su paraíso. ¿Cómo llegamos hasta aquí?; ¿Somos parte de la solución o del problema?; lo que sea que hagamos, ¿lo haremos por odio a unos o por amor a otros?

 

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