¡BARA BARA, BARA BARA!, LLEVE SUS ESPEJITOS…

La única gratificación que la ciencia nos niega es el engaño. Ann Druyan.

Durante un viaje navideño al D.F., en mi infancia, recibí una inolvidable lección: dudar de todo aquello que suene excesivamente científico. Le cuento…

… En una esquina, de las hermosas calles del Centro Histórico, había una aglomeración; mi abuelo y yo nos acercamos; un hombre de aspecto limpio y con muy buena dicción hablaba de “la goma mágica”; no obstante, explicaba que no se trataba de magia, sino de un asombroso descubrimiento científico que permitía reproducir imágenes, con una gran nitidez. Inició su demostración, pidiendo a una persona del público que escogiese una imagen de una historieta de Memín Pinguín; una vez elegida la imagen, nos mostró un trozo de papel semitransparente, nos pidió que corroborásemos que el trozo de papel estaba limpio, sin impresión alguna; colocó la revista sobre su mesa portátil; sacó de la bolsa de su saco un cubo de algo parecido a una goma de borrar, de color verde; mencionó algunas características químicas del material con que estaba hecha la goma, mientras la tallaba sobre la imagen seleccionada en la revista; acto seguido, colocó el trozo de papel semitransparente sobre la imagen y cerró la revista; nos aseguró que en esos momentos estaban teniendo lugar complicadas reacciones químicas, pero que el proceso no tardaría más de un minuto; mirando su reloj, dijo, “¡ahora!”, abrió la revista y apareció una reproducción fiel de la imagen en la, antes vacía, hoja de papel semitransparente. Mencionó el nombre, en inglés, de unos laboratorios y ofreció su goma mágica a la venta, dejándonos ver que sólo traía unas pocas; el tipo que había seleccionado la imagen fue el primero en comprar, el que corroboró el trozo de papel compró en segundo lugar, yo me apresuré a ser el tercero, pues no quería perder la oportunidad de mostrar (presumir) a mis amigos, en mi pueblo, un auténtico avance científico. Guardé la goma en el bolsillo de mi chamarra y la cuidé con esmero hasta mi regreso a la escuela; fue entonces cuando, rodeado de mis amigos y de un tremendo ridículo, al tratar de repetir el experimento, comprendí lo embarazoso que puede resultar ser un simple crédulo de la ciencia.

Mi abuelo lo explicó fácil: se había tratado de un merolico, de un tipo que vive de engañar inocentes (tarugos). También me explicó que se abstuvo de intervenir para que el ridículo le diera una buena lección a mi vanidad. Hasta aquí la historia.

El año pasado, me encontré con un caso similar; en un video de TED, Michael Shermer pronunciaba su conferencia “El patrón detrás del auto-engaño”; entre otras cosas, mostraba el dispositivo ADE-651, que anunciaba funcionar por algo llamado “atracción iónica magnética electrostática” y que habría sido vendido al gobierno iraquí por 40 mil dólares la pieza, para detectar explosivos. Eso de “atracción iónica magnética electrostática” era una expresión similar a las muchas que el merolico había usado para engañar mi vanidad y despojarme de mi dinero: un conjunto de palabras que, juntas, suenan enigmáticas y hasta interesantes, pero ininteligibles, porque, de cualquier modo, nada significan.

Michael Shermer explica muy bien cómo la patronicidad de nuestro cerebro y la agenticidad nos llevan a creer en cosas increíbles, le recomiendo ver ese video, pero, aquí me centraré en el peligro real que representa la seudociencia; lo que le contaré está ocurriendo aquí y ahora, entre nosotros, los mexicanos, en medio de nuestros esfuerzos por la seguridad. Veamos…

Ernesto Cayetano Aguilar, indígena mixe de 52 años, en un retén carretero en Jaltipán, Veracruz, el 29 de enero de este año, fue revisado por un militar que portaba el detector molecular GT200, utilizado en operativos y cateos para detectar droga, armas y explosivos. El GT200, “la ouija del diablo” como lo llaman los militares, señaló a Ernesto como presunto traficante de drogas. A pesar de que, en el cateo manual a su persona, a sus escasas pertenencias y al camión, los militares no encontraron droga alguna, nada cambió sus sospechas, pues la ciencia había “hablado” a través del Sistema de Detección Molecular GT200, versión 5-2007, fabricado en Inglaterra por la compañía Global Technical LTD y cuyas especificaciones rezan:

barabara

Luis Mochán Backal, Doctor en Ciencias e Investigador Titular C del Instituto de Ciencias Físicas de la UNAM, presentó, el 24 de junio pasado, un Análisis de la Ficha Documental de Operación del GT-200, mediante el cual desmiente la funcionalidad del aparato.

Afortunadamente, una juez de Coatzacoalcos puso fin al encarcelamiento de ocho meses de Ernesto Cayetano, por no encontrar elementos jurídicos para suponer que el detector molecular GT200 constituye una evidencia científica válida para ser considerada como prueba en un proceso penal.

En México hemos adquirido al menos 940 de esos inútiles aparatos, uno de los cuales inculpó a un inocente, razón suficiente para alzar la voz, sin entrar al detalle del dinero que se gastó en la adquisición de esas “gomas mágicas”. En el periódico El Universal aparece el texto siguiente:

“Los científicos denuncian que el GT200 no funciona con energía ni circuitos de ninguna especie. Dicen que sólo utiliza tarjetas tipo Ladatel que quedan bailando en el interior del mismo sin hacer contacto con ningún circuito eléctrico. Y han demostrado que la antena es susceptible a moverse influida por movimientos apenas perceptibles de quien lo porta”

Yo sé lo que se siente hacer el ridículo, pero, hay que tener valor para aceptar la ignorancia y eliminar el peligro de la pseudociencia.

 

F.Crisóstomo.

 

Nota:

Para ver el video de Michael Shermer:

http://www.ted.com/talks/lang/spa/michael_shermer_the_pattern_behind_self_deception.html

Para leer el Análisis de la Ficha Documental de Operación del GT-200, del Dr. Luis Mochán Backal:

http://em.fis.unam.mx/public/mochan/blog/20110620gt200.pdf

“¡BARA BARA, BARA BARA!” es una expresión muy utilizada por comerciantes ambulantes, para llamar la atención sobre sus productos BARATOS.

 

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