LA QUÍMICA DE LA EMPATÍA

La gran amenaza viene de aquellas naciones que tienen los ambientes más pobres para sus niños y cuyas sociedades son bastante represivas con el afecto sexual y la sexualidad femenina. Deberemos temer bastante cuando estas naciones adquieran las modernas armas de guerra. Trágicamente, esto ya empezó. James W. Prescott.

Años atrás, me referí en este mismo espacio a una publicación de James W. Prescott, publicada en “The Bulletin of the Atomic Scientists”, en 1975 y titulada “El placer corporal y el origen de la violencia”, en la que el autor afirma que la tendencia a ejercer violencia física se desarrolla, mayormente, en individuos que crecen en ambientes de privación afectiva y en condiciones represivas de su sexualidad.

Para probar su hipótesis, Prescott examinó datos relativos a las prácticas de crianza, a la conducta sexual y a la violencia física, en 49 grupos culturales, utilizando como fuente la recopilación “R. B. Textor’s A Cross-Cultural Summary”, que es una herramienta de investigación para consultas estadísticas interculturales, desarrollada por antropólogos culturales; Prescott identificó ciertas variables que reflejan afecto físico (como mimar, acariciar y jugar con los niños) y las relacionó con variables que miden el crimen y la violencia (frecuencia de robo, homicidio, etc.).

De los datos de 49 culturas, en 36 de ellas fue posible deducir la violencia, partiendo de las variables de afecto físico infantil. Las 13 culturas restantes, parecieron excepciones; sin embargo, de las 13, seis se caracterizan por afecto infantil alto y violencia alta; de estas seis, al ser comparadas en términos de conducta sexual, se pudo advertir que en cinco de ellas se ejerce una fuerte represión sexual premarital. En las otras siete culturas, caracterizadas por un bajo afecto físico infantil y una baja violencia física adulta, se pudo reconocer un comportamiento sexual premarital permisivo. Lo que parece explicar que, los efectos benéficos del afecto físico durante la infancia pueden ser revertidos por la posterior represión de placer sexual premarital, y explica, también, que los efectos perjudiciales de la carencia de afecto físico infantil parecen ser compensados a través del placer sexual en la adolescencia.

Así, la teoría de la privación somatosensorial en la primera fase de desarrollo se extiende a la adolescencia y permite predicciones en 48 de las 49 culturas estudiadas. La única excepción es la cultura de los cazadores de cabezas Jíbaros de América del Sur, donde el sistema de creencias puede jugar un papel importante, el antropólogo Michael Harner escribe: “tienen una creencia profundamente arraigada de que el homicidio les provee de almas, las que les confieren un poder sobrenatural que les hace inmunes a la muerte”; lo que podría explicar la violencia prevaleciente.

Las relaciones estadísticas resultantes de estos datos son extraordinarias: la probabilidad de que una sociedad que es físicamente violenta, sea físicamente afectuosa hacia sus infantes y tolerante de su conducta sexual premarital es del 2 por ciento (48/49); la probabilidad de que esta relación ocurra por casualidad es de 125,000 a uno. Así, parece que tenemos un principio firmemente sustentado: Es muy improbable que las sociedades humanas que son físicamente afectuosas, sean físicamente violentas.

Desde aquellos años, Prescott advertía que la violencia humana estaba adquiriendo características epidémicas y que, a menos que las causas de la violencia fueren aisladas y tratadas, la tendencia continuaría y con ella crecerían nuestro miedo y nuestra aprehensión.

Hace apenas unos cuantos días, visitando el sitio de TED, encontré una interesante charla de Paul Zak, titulada “Confianza, moral… y oxitocina”.

Como neuroeconomista, Paul ha demostrado que los países con más gente confiable son más prósperos, pues se facilita el flujo de transacciones económicas, en tanto que en los países pobres se puede apreciar un bajo grado de confianza. Así fue que comenzó por buscar la relación entre la oxitocina y la confiabilidad. Paul nos relata sus 10 años de experimentos, que concluyeron en el hallazgo de que la oxitocina podría ser la molécula moral.

Convocó personas a participar en su experimento, retribuyéndolas con $10 por participar. Los participantes fueron agrupados en parejas, sin conocerse; a uno se le pregunta si desea reasignar parte de sus $10 a su desconocida pareja, indicándole que la suma donada se triplicará en la cuenta del receptor; al que ha recibido la donación triplicada se le pregunta si desea compensar al donador. Encontró que el 90% decidió donar y el 95% decidió compensar a su benefactor; las mediciones de oxitocina en sangre dejaron ver que, cuanto más dinero recibía la segunda persona, más oxitocina generaba su cerebro y cuanto más oxitocina generaba, más dinero devolvía. El experimento se repitió, administrando oxitocina inhalada (previendo un grupo de control con placebos), los resultados demostraron que la infusión de oxitocina aumenta la generosidad y otros experimentos probaron formas no farmacológicas de aumentar la oxitocina, como los masajes, el baile y los rezos.

En otro experimento, los participantes miraban el video de un padre y su hijo de cuatro años que padecía cáncer cerebral terminal; antes y después, les fue medida la oxitocina en sangre y se hizo patente la empatía. La empatía es lo que nos conecta con otras personas, propicia que, si algo daña a otros, yo pueda sentir dolor, por ello mismo trato de evitarlo; pero, si algo causa felicidad a otro, siento su alegría, por lo que trato de provocarlo.

Los experimentos encontraron que el 5% de la población no libera oxitocina, así que no podemos esperar que sean empáticos ni confiables. La liberación de oxitocina puede ser inhibida por una nutrición insuficiente, antecedentes de abuso sexual, el estrés, el exceso de testosterona. También se ha encontrado que quienes liberan menos oxitocina son más propensos a castigar a otros por “comportamientos inmorales”.

La oxitocina pues, es una molécula que tiene la capacidad de conectarnos con los otros, de hacernos sensibles a los sentimientos ajenos. Lo más importante es que la mayoría de nosotros podemos liberarla en forma natural, no se requiere de fármacos para su liberación; en la mayoría de los casos un abrazo es suficiente.

Tanto la investigación de James W. Prescott, como la de Paul Zak apuntan a un mundo ávido de afecto físico. Así que, junto con la liga para ver el video de Zak, en el sitio de TED, les dejo un abrazo y…

…que la oxitocina los invada.

F.Crisóstomo.

 

Nota:

Haga click aquí para ir al video de Paul Zak.

http://www.ted.com/talks/lang/es/paul_zak_trust_morality_and_oxytocin.html

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