LO QUE SE VE, ¿NO SE JUZGA?

Lo arbitrario no sólo es funesto cuando se utiliza para el crimen. Empleado contra el crimen, también es peligroso. Benjamin Constant de Rebecque (1767-1830) Escritor y político francés.

“a fin de evitar que se cometa una injusticia irreparable, por instrucciones del presidente Ernesto Zedillo, deseo reiterar mi solicitud (…) para que, en el ejercicio de sus atribuciones, promueva usted la suspensión de la ejecución de la sentencia de muerte de Irineo Tristán Montoya y se considere una conmutación de la misma”.

El texto anterior forma parte de una solicitud enviada al gobernador de Texas, por el titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, José Angel Gurría, por el caso de Irineo Tristán Montoya, quién, a pesar de la intervención de las autoridades mexicanas, fue ejecutado el 18 de junio de 1996.

Irineo fue un mexicano ilegal, que no sabía hablar ni leer inglés, no obstante, firmó una confesión escrita en inglés, presuntamente redactada por los oficiales de policía, quienes lo engañaron para firmarla, al decirle que se trataba de una solicitud de extradición.

José Angel Gurría, también escribió al gobernador de Texas lo siguiente: “El solo hecho de que no se apliquen las estipulaciones de la Convención (Internacional de Viena sobre Relaciones Consulares), en opinión del gobierno de México, significa una violación al debido proceso legal, garantía que se consagra en la Constitución de Estados Unidos”.

Dadas las irregularidades en el proceso, el Departamento de Estado de Estados Unidos, también, solicitó al gobernador de Texas la realización de una investigación respecto a la posible violación, por parte de la policía de Brownsville, de las obligaciones establecidas en la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares. El gobernador de Texas desestimó, también, la solicitud del gobierno federal de su país.

Hasta el día de su ejecución, el mexicano Irineo Tristán Montoya, nunca dejó de alegar su inocencia.

Adivine usted el nombre del, entonces, gobernador de Texas…

… sí, en efecto, se trató de George W. Bush.

Ahora le pido que imagine algo que no ocurrió, y que sopese la consecuencias de que hubiera ocurrido; imagine que la televisión estadounidense hubiese cedido a las pretensiones de protagonismo de la policía de Brownsville, o viceversa, para exhibir a Irineo, en cadena nacional, en un montaje que hubiese simulado su detención infraganti, tal vez con un puñal en la mano, en la escena del crimen y (para agregar dramatismo) con algunas salpicaduras de cátsup. Si esto hubiese ocurrido, prácticamente nadie habría puesto en duda la culpabilidad de Irineo.

¿Irineo fue inocente o culpable?, ¿fue víctima o victimario?; nunca lo sabremos, porque los vicios en el proceso nos impedirán saberlo. Lo único claro es que fue ejecutado con una inyección letal, a consecuencia de la obcecada decisión de un necio con poder, dispuesto a hacer prevalecer su razón por encima del Derecho, el mismo que, luego, condujo a su país a la más injusta y onerosa guerra de los últimos tiempos: la invasión de Irak.

Permítame contarle un pequeño experimento, de ningún modo significativo, pero que, por lo menos, a mí me ilumina un poco:

Tomé una de las múltiples fotografías que abundan en Internet, donde la policía presenta a presuntos delincuentes; como siempre, en esas fotografías aparecen armas, vehículos, policías armados y cubiertos del rostro, y algunos civiles, presuntos culpables de algún delito; difuminé el rostro de los civiles; enseguida, enmarqué en círculos rojos una de las armas, el rostro embozado de uno de los policías y el rostro, previamente difuminado, de uno de los civiles. Mostrando la foto arreglada, hice la misma pregunta a veinte personas: ¿Qué hay dentro de cada círculo?, enfatizando el “Qué”. Todos identificaron el arma y el policía, sin equivocación alguna; no obstante, en el caso del círculo que enmarcaba el rostro difuminado del civil, doce dijeron que era un delincuente, cuatro dijeron que era un criminal, dos dijeron que se trataba de un “narco” y dos dijeron que era un detenido.

Repito, mi experimento no es concluyente de nada, no obstante, podría amplificarse y mejorarse para entender el nivel de influencia que los medios gráficos pueden ejercer sobre la legalidad de los procesos judiciales, tal vez tendría que ser un tema analizable desde la perspectiva de los derechos humanos de cuarta generación, es decir, de la forma en que las tecnologías de comunicación pueden usarse para vulnerar la dignidad de las personas.

Después de leer sesudas disertaciones en uno y otro sentido, incluso un interesante resumen del caso, en la revista NEXOS, “Florence Cassez: La verdad secuestrada”, escrito por Héctor de Mauleón, no puedo manifestar mi opinión respecto de la culpabilidad o inocencia de Florence Cassez, porque las irregularidades en el proceso me impiden distinguir entre la verdad y la mentira.

La única verdad corroborable es la que se refiere al pernicioso contubernio entre las autoridades policiacas y las cadenas televisivas. Si Florence es liberada o si no, las víctimas, de cualquier modo, deberían reclamar castigo para los responsables de las irregularidades que nos impiden conocer la verdad.

 

F.Crisóstomo.

 

Nota:

Para leer lo escrito por Héctor de Mauleón, en NEXOS, vaya al siguiente enlace:

http://www.nexos.com.mx/?Article=2099371&P=leerarticulo

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