VIOLENCIA ANÓMICA

Nos acostumbramos a la violencia, y esto no es bueno para nuestra sociedad. Una población insensible es una población peligrosa. Isaac Asimov.

En 2002 se inició La Campaña del Milenio de las Naciones Unidas; consiste en un plan, convenido por todas las naciones del mundo, para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio: 1) Erradicar la pobreza extrema y el hambre; 2) Lograr la enseñanza primaria universal; 3) Promover la igualdad de género y empoderar a las mujeres; 4) Reducir la mortalidad infantil; 5) Mejorar la salud materna; 6) Combatir el VIH / SIDA, el paludismo y otras enfermedades; 7) Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente; 8) Fomentar una asociación mundial para el desarrollo.

Al tiempo que la humanidad se empeña en alcanzar esta bella utopía, otros datos nos devuelven una realidad que se erige como obstáculo ineludible: La población mundial ha alcanzado los siete mil millones y se prevé que alcance los nueve mil millones en el año 2050; la tasa de natalidad actual opera en contra de los objetivos; el planeta está demasiado poblado para hacer realidad esa utopía.

Mucho más allá de las cifras –que se antojan inabarcables– permítame ilustrar este punto, recordando a Isaac Asimov y su metáfora del cuarto de baño:

Si dos personas viven en un apartamento y hay dos cuartos de baño, entonces ambos tienen la “libertad del cuarto de baño”. Pueden usarlo en el momento deseado y permanecer ahí el tiempo requerido, para cualquier uso que se necesite. Y todo el mundo cree en el “derecho al cuarto de baño”; debería estar plasmado en la Constitución. Pero, si hay veintidós personas en el apartamento y solamente dos cuartos de baño, no importa cuánto crea la gente en “la libertad y el derecho a cuarto de baño”, porque tales cosas no existen. Entonces hay que establecer turnos para que cada persona utilice el baño (…) De la misma manera, la democracia no sobrevive a la sobrepoblación. La dignidad humana no puede sobrevivir a ello. La comodidad y la decencia no pueden sobrevivir a ello. A medida que crece la población planetaria el valor de una vida no solamente declina, sino que al final desaparece. Ya no importa si alguien muere. Cuanta más gente hay, menos importa cada individuo.

No es, entonces, la simple depauperización material la que ha de preocuparnos, sino la consecuente depauperización moral, la devaluación de la libertad y del derecho, que conduce a la anomia, esa tensión dislocante entre los objetivos culturales y el acceso a los medios necesarios para alcanzarlos. La moral, codificada en normas sociales, deja de ser acción cuando incumple su función solidaria, provocando la hipocresía social y la ineficacia institucional, porque en el fondo es construcción autónoma, edificada sobre la aceptación individual y no por prescripción autoritaria.

Lo violento es, en este contexto, el ímpetu vital por alcanzar los fines sociales que no encuentra cauce o que carece de medios; así, la violencia es omnipresente, perene.

El desbordamiento de la violencia sobreviene al incumplimiento de la promesa social de bienestar común, dentro del marco normativo. El orden social, basado en la moral, ha de transformarse en orden legal, apoyado en una fuerza capaz de limitar el desbordamiento de los ímpetus. Pero, sin incentivos para el orden y sin acceso a los medios que faciliten el logro de los fines, la violencia se expande de manera descontrolada y virulenta. Así, la violencia no puede ser medida de otra forma que por el fracaso de la justicia, y la paz, en consecuencia, es construcción cultural; la violencia es naturaleza, la paz es frágil artificio.

La violencia anómica es resultado del debilitamiento de los sistemas de valores, frecuentemente originado en el seno de sociedades exhaustas por la tensión acumulada entre la concentración de recursos y la distribución de oportunidades, que da como resultado la creciente cancelación de expectativas para una amplia franja social.

Los síntomas son fácilmente reconocibles: los crímenes violentos se multiplican, la probabilidad de ser víctima aumenta, las frecuencias rebasan las capacidades de los aparatos de contención, la impunidad y corrupción sientan sus reales.

La insuficiencia de las soluciones técnicas se hace evidente, crece la cantidad de policías, aparece la demanda de protección privada, las bardas se elevan, las recomendaciones de modificar la conducta empujan hacia el aislamiento y la desconfianza.

En realidad, dada la naturaleza del problema, las soluciones técnicas nunca serán suficientes, siempre tenderán a una escalada, tal vez ni siquiera lo sean las soluciones políticas: se requieren soluciones éticas.

Se requiere, en primer lugar, del reconocimiento de nuestra vulnerabilidad individual, saber (estar ciertos) de que lo que les ocurre a los demás puede ocurrirnos a cada uno. Aquí es donde la vulnerabilidad deja de ser debilidad y se convierte en la fuente de nuestra creatividad y capacidad de impulsar cambios. Pero también se requiere de la vergüenza que, como dice Javier Sicilia, es “experiencia del alma (…) preludio del arrepentimiento y de la enmienda, (…) una especie de rabia que se vuelve contra uno mismo”, es ya, en sí misma, una revolución.

Ni siquiera podremos iniciar una conversación sobre nuestro actual estado de terror e indefensión, mucho menos plantear soluciones comunes, sin antes reconocer nuestra vulnerabilidad individual, sentir vergüenza por lo que hemos sido y culpa por lo que hemos dejado de hacer.

 

F.Crisóstomo.

 

Nota: en recuerdo del fallecimiento de Isaac Asimov (6 de abril de 1992).

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