RIESGO: ¿Construcción social?

Lo peor de la ignorancia..es que.. a medida que se prolonga, adquiere confianza. Anónimo.

El Instituto para la Economía y la Paz, publicó recientemente el Índice Global de Paz 2012 (GPI). El GPI valora 23 indicadores en 158 países, que miden la ausencia de violencia o de temor a la violencia. Los resultados del 2012 revelan que el mundo mantiene una tendencia (de dos años consecutivos) hacia la pacificación.

De entre los indicadores del GPI, el “nivel de criminalidad percibida en la sociedad” registró el mayor deterioro respecto del GPI 2011. Los cinco indicadores que muestran el deterioro más significativo se relacionan con la seguridad, aunque la “escala de terror político” mostró la mayor mejora y hubo ganancia en varios indicadores relacionados con la militarización, debida a la reducción de los presupuestos de defensa.

El GPI resultante de México cayó a la posición 135ª, por la creciente violencia vinculada al narcotráfico y a la delincuencia generalizada. La eficacia de la solución militar está siendo cada vez más cuestionada por la sociedad civil. Las tasas de secuestro en algunos estados se encuentran entre las más altas del mundo.

El indicador “Número de muertes por conflictos organizados internos” contribuye con un 6.67% al GPI global, y ha permanecido bajo en casi todo el mundo. Durante seis años, a lo sumo, 30 países han rebasado los dos puntos (en una escala de uno a cinco). Las fluctuaciones revelan el resultado de países en graves conflictos (Iraq (2008-2009), Sri Lanka (2010-2011) y Libia (2012)), aunque también reflejan otro tipo de conflictos, en los que se registra un gran número de víctimas, como México, Pakistán y Afganistán. El incremento de este indicador, en México, refleja la precariedad de su situación, ha pasado de un 1 punto a 5 puntos en dos años.

Mientras tanto, a días de iniciar la Cumbre del G-20, la Coordinación Alemana por los Derechos Humanos en México solicitó a Angela Merkel, canciller alemana, haga llegar al gobierno mexicano la exigencia de cambios políticos que favorezcan los Derechos Humanos; el comunicado dice, entre otras cosas:

“La comunidad internacional tiene que reaccionar y exigir consecuencias ante el hecho de que dentro de las víctimas se encuentran no sólo miembros de las bandas de drogas, sino también un gran número de civiles (…) Observamos siempre más casos documentados de violaciones de derechos humanos cometidos por elementos de la policía y de las fuerzas armadas (…) Es tiempo de que los gobiernos europeos, latinoamericanos y el de los Estados Unidos exijan al gobierno mexicano avances concretos en el mejoramiento de los derechos humanos”

En el contexto de los datos y declaraciones anteriores, recuerdo una reflexión que publicamos, años atrás, en este mismo espacio:

“Entendiendo la civilización como el conjunto de instrumentos de que dispone un grupo social para conservarse, renovarse y progresar, un desastre puede ser definido como: un escenario en el que la civilización ha sido dañada en grado tal que la comunidad requiere de apoyo externo, para normalizar su proceso de desarrollo.”

De este modo, no puedo más que concluir que estamos en medio de un desastre, pues las instituciones e instrumentos de nuestra civilización no solo están resultando insuficientes sino que, incluso, están potenciando la espiral de violencia en la que nos encontramos inmersos y, cada vez más, pareciera que no podremos salir sin el apoyo internacional. No obstante, pareciera que los individuos aún no acabamos de racionalizar los resultados y permanecemos retraídos, acurrucados, negando o tratando de ignorar la realidad que nos apabulla.

En situaciones de desastre, los individuos reelaboramos el significado del riesgo. En general, las evaluaciones del riesgo no se construyen a partir de la información científica, más bien, utilizan las propias percepciones e interpretaciones como bloques de su construcción, a partir de las cuales se elaboran diagnósticos, pronósticos e, incluso, proyectos y estrategias de prevención, preparación y respuesta.

Las estrategias que así surgen tienden a ser altamente coincidentes en los fines y discordantes en los medios, siendo esta discordancia la que mayormente influye en la precariedad de las soluciones. La escasez de medios y la falta de ayuda externa producen impotencia y resignación, que terminan provocando la construcción de mecanismos psicológicos que “ocultan” los factores del riesgo, que inducen a subestimarlos o a, simplemente, evadirlos.

La “relativización del riesgo” es un mecanismo que permite a los individuos recrear cierta fantasía de “estabilidad y seguridad”, a través de la reconstrucción mental de la situación, para generar una ilusión de que el daño puede ser evitable o de que el riesgo puede ser vivible y/o controlable. Esta clase de jerarquización del riesgo permite, a los individuos, asignar categorías subjetivas de riesgo a sus propias circunstancias, propiciando una sensación de mayor seguridad o estabilidad y alimentando la tendencia a ignorar o subestimar el problema.

Así es como llegamos a creer que unos centímetros más de barda, una cámara o un guardia de seguridad nos proveerán de la seguridad que, de cualquier manera, está ausente en el entorno.

Las dificultades para producir entornos menos vulnerables provocan en el individuo la búsqueda de un equilibrio interno, que le ayude -desde el punto de vista sicológico- a enfrentar su situación. Aunado a lo anterior, sabemos que, por lo regular, los individuos no se reconocen como actores en la transformación de su entorno y, en consecuencia, transfieren a agentes externos la responsabilidad sobre las soluciones y las consecuencias. Aún más, la exposición continuada al riesgo produce un proceso de transformación de las percepciones que fortalece la sensación de estabilidad a lo largo del tiempo. Las dificultades para reducir la vulnerabilidad, la tendencia a transferir las responsabilidades y la exposición continuada al riesgo pueden empujar al individuo a resignificar el riesgo, en términos de la peligrosidad de las fuentes de riesgo y/o de las consecuencias probables. La “evasión”, bajo estas circunstancias, funciona como un paliativo que permitiría al individuo modificar mentalmente las circunstancias de su entorno y liberarse de la responsabilidad sobre las soluciones.

Ni la relativización del riesgo ni la evasión desconectan tanto, al individuo, de las consecuencias y su probabilidad, como lo hace la negación, pues, este último mecanismo sicológico provoca la creencia de que las circunstancias nunca lograrán conectarse para hacerle llegar las consecuencias. De este modo la negación hace que, incluso, el individuo desconfíe, basado en sus creencias, de la información que le alerta de la proximidad un evento dañino.

La relativización, la evasión y la negación del riesgo son mecanismos que realimentan los desastres, pues sumen en condiciones de precariedad a los grupos sociales, limitando las aspiraciones de mejora e inhibiendo la búsqueda de soluciones. Dicha precariedad conduce a asumir el “estancamiento” como una situación natural e irreversible y produce una construcción social que se caracteriza por sentimientos de marginalidad, impotencia, dependencia e inferioridad.

Existe información empírica suficiente para asegurar que, en casos de desastre, la ayuda exterior siempre resultará insuficiente, mientras no se destierre del imaginario social la autopercepción de precariedad. Así, se torna indispensable que, incluso antes de recibir ayuda externa, se generen cambios en las formas de pensar y hablar sobre “sí mismos”, pues, la precariedad, muchas veces simbólica, se vuelve fuente de producción de una indeseable realidad.

El riesgo es una condición que existe en tanto las personas lo perciban y, en torno a ello, elaboren significados y desarrollen procesos, a fin de manejarlo. Por ello, celebro el despertar de los actuales movimientos estudiantiles, en México; en el fondo resuena la certidumbre que nos produce una frase simple: ¡Sí se puede!

 

F.Crisóstomo.

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